¿Qué tanto es lo que en realidad sufrimos? Todos vamos por la vida, exaltando los malos ratos, exagerándolos y llevándolos al extremo de creer que son únicos y que nadie ha sufrido de la misma manera. Esto no es más que una forma de expresar nuestra vanidad, solo eso. De alguna forma, es lo que hacemos para salirnos de la rutina, para ponerle sentido a la vida, para justificarla de algún modo; con esto nos engañamos para seguir respirando y creyendo que vivimos por un objetivo, el ser felices. Dicho objetivo, no es más que una ilusión, basada en que a todos nos gusta llamar la atención (de una u otra forma), y que llama más la atención que el sufrimiento. Seamos sinceros, a todos nos gusta contemplar la “desgracia” ajena, para llamar la atención con algún comentario compasivo y lleno de empatía, o solo para saber que regodearlos al saber que nosotros hemos sido capaces de salir de un problema similar, o inclusive peor.
Pero esto me lleva a una pregunta inminente ¿Qué hacer cuando descubres que son pura falsedad esos problemas que te asaltan, o inclusive inventas? Con esto me refiero a que, en realidad solo estamos siendo guiados por la sociedad, siguiendo caminos ya andados, siendo una simple marioneta de todos (indirectamente, obviamente). Para probar este hecho, basta con pedir algún consejo a dos o tres personas, desconocidas entre sí, pero que nos darán una respuesta tan parecida, que parece que se pusieron de acuerdo. Pero que, usamos para resolver las grandiosas dificultades que se nos presentan, y seguiremos haciéndolo.
Quizás sea la única forma de vivir. Y aunque así fuese, el saberlo o mejor dicho el creerlo, me deja en un hastió tan grande, y una impotencia de saber que la rutina es infinita, y que a fin de cuentas, no somos capaces de controlar nuestra propia vida, solo minúsculas partes de ella sin importancia.
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